ENTREVISTA A KIKO AMAT

(Part d’aquesta entrevista va ser publicada pel diari Avui el diumenge 26 de juny del 2009)

KIKO AMAT
THIS IS SANT BOI

1987, diez años han pasado ya desde que los Sex Pistols gritaran aquello de que no había futuro, pero para Rompepistas y sus colegas, un grupo de adolescentes a punto de dejarlo de ser, un colectivo en el que nos encontramos con punks, skins y mods, el devenir en ese poblado del extrarradio de Barcelona en el que les ha tocado nacer es tan opaco y desesperanzador como lo era para Rotten, Vicious y compañía. Es en ese microclima de desesperanza y rabia púber, donde los litros de cerveza compartidos a morro con los amigos mientras suena una cinta de cassette de Kortatu lo significan todo, donde nos sitúa Kiko Amat, autor de Rompepistas (Anagrama 2009) y una de las voces más interesantes de la nueva escena literaria catalana.

-Tengo la impresión de que tus dos libros anteriores eran una excusa para llegar a “Rompepistas”.
Más que una impresión que tienes, me temo que se trata de información subliminal que he ido plantando en tu cerebro, puesto que lo he afirmado en todas las entrevistas que me han hecho hasta ahora. Efectivamente, veo mis anteriores dos novelas como experimentos (con su valor y su unicidad particulares, ojo) para poder llegar a Rompepistas y, por añadidura, a la narrativa que habré de crear post-Rompepistas. En Rompepistas he pulido los fallos que aún arrastraba, pues soy autodidacta y, además, he aprendido a escribir ficción en público (todo lo que he hecho ha sido publicado por Anagrama). Cuando digo fallos me refiero a cosas que, mirando atrás, no me gustan nada, como la inocencia semi-cursi-indie (y esa ajena tercera persona) de El día que me vaya…, o la presencia excesiva de universo cultural en el BUM. Además, Rompepistas es la historia que siempre he querido contar, que siempre ha estado en la trastienda de mi cabeza, y que por razones varias (exceso de distancia, falta de distancia, poca habilidad en el manejo de los instrumentos narrativos) no me ví capaz de escribir hasta hoy.

-Con este volumen cierras una trilogía, ¿cierras definitivamente también una etapa?
Si. Estoy hasta la boina de hablar de adolescentes; meterse en la cabeza de un mendas de 17 años es más agotador de lo que parece (especialmente si ese capullo con botas es vagamente parecido a uno mismo, con la orgía de remordimientos, recuerdos pésimos y pifias embarazosas que eso implica). Pero era lo justo. El próximo, definitivamente, estará protagonizado por humanos que se acercan a la cuarentena. Catastróficamente, no hace falta decirlo, y haciéndolo TODO mal.

-De todos modos, en el libro es latente una cierta sensación de nostalgia hacia la adolescencia.
Mi nostalgia adolescente es una nostalgia particular, pero cuando llueve se moja como las demás. Es una nostalgia que no está basada en ningún tipo de anhelo por regresar, ni contiene suspiros por lo mejores que eran las cosas antes. Mis 80’s fueron bastante infernales, y yo a los 17 años era un redomado imbécil (aunque un imbécil apasionado; no sé si eso cuenta en el porcentaje final de redención fundamental), y preferiría morir que volver a 1987. Pero me rompen el corazón las cosas que ya no están, y los años que nunca volverán. Es una melancolía que se nutre de una tristeza perpetua, que surge cuando te das cuenta de lo fatal e inexorable del paso del tiempo. Una pena que viene de ver como nada de lo que me rodeaba a los 17 existe ya; todo ha desaparecido para siempre. Por añadidura, hay una indiscutible belleza en esa manera tan pura que tiene uno de ver las cosas a los 17; todo es tan nuevo y hermoso y fascinante. Esa visión no vuelve a repetirse; es inseparable de la adolescencia, y luego se marchita y afea y ensucia con la decepción y los fracasos y traiciones.

-En “Rompepistas” dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción?
Están entrelazadas todo el rato, y qué parte de cada una hay es algo que sólo me concierne a mí. Pero basta decir que Rompepistas es una obra de ficción donde todos los personajes son inventados, aunque algunas de las situaciones en las que se encuentran estén basadas en hechos reales. Y el Sant Boi de 1987 era e-xac-ta-men-te como lo cuento.

-Si el protagonista de la novela tiene un nombre real que no conocemos y uno no real que es “Rompepistas”. De ti sabemos tu nombre real, pero no el no real. ¿Se puede desvelar?
Yo no tenía mote. Mi nombre era lo suficientemente inusual y mi carencia de taras físicas lo suficientemente obvia para que nadie intentara endiñarme uno. Pero a los cabrones de mis amigos les hubiese gustado, seguro; llamarme El Lepras, o Gran Mongol, o El Sorbenabos o El Fumapollas o cualquier otra barbaridad que se les ocurriese.

-Se habla mucho de la importancia de la música en tus novelas. Pero, si bien es cierto que en “Rompepistas” la música vuelve a jugar un papel fundamental, en esta ocasión la música está mucho más integrada dentro de la novela, fluyendo con más naturalidad.
En las otras novelas las canciones se inmiscuyen en la acción. En ésta no; no se explica en ningún momento qué hace tal grupo, ni por qué tal banda decía esto y aquello. Aquí, lo importante son las vidas y emociones de los chicos con botas, y las canciones son (pese a la importancia capital que tienen en su existencia) sólo algo que usan. Un resorte de expresión y desahogo y felicidad y baile útil.

-En relación a la importancia de la música. Hay momentos en los que te agencias de las letras de algunas canciones incluyéndolas dentro de tu prosa, como sería el caso de “Un Buen Dia” o “Everyday It’s Like Sunday” de Morrisey.
Tienes razón, pero esto es algo completamente inconsciente. Lo que quiero decir es que algunas de esas letras forman parte de mi pensamiento de una manera tan sólida que ni me doy cuenta cuando surgen; mi dialéctica y mis expresiones se han nutrido de letras de punk, soul y ska toda la vida. Son mis lecturas y mis citas, están pegadas a mis recuerdos. Desde luego nunca trato de incorporarlas al texto como un mero guiño, aunque a posteriori -cuando me doy cuenta de que ha aparecido una- me hace una gracia tremenda y la mayoría de veces decido dejarla. Hay un mapa paralelo con todas esas incorporaciones de letras en el texto, y no hay nadie que las pille todas (son demasiado variopintas): trozos de Los Burros, de La Granja (“todas las motos blancas van al mismo lugar”), de Morrissey (aunque no la que dices; más bien el “You’re the one for me Fatty” y un pedazo de “Interesting drug”), de los Jam, de Orange Juice, de Brighton 64 (“hay muchas cosas que podría contaros pero se me rompe la voz”). Hay literalmente decenas de ellas. Se me escapan, como excreciones incontinentes.

-Por otro lado, hay momentos en los que parece que estés escribiendo letras de como en el caso de “los chicos con botas, bolsillos vacios y cojones llenos, esas canciones son lo único que tenemos”, que perfectamente podría ser una letra de Decibelios.
Esa es la forma en la que escribo. A veces, a trozos, sí parecen manifiestos o estrofas de canciones. Hay un determinado estilo poético (por llamarlo de alguna manera), cuando quiero que la frase sea particularmente poderosa y hurgue en emociones muy concretas que sí me sale ese rollo de letra de canción pop. Como en la pregunta anterior, esto viene de que mi cultura, y mi aprendizaje es esencialmente discográfico, qué le voy a hacer.

-Como en todas tus novelas, en “Rompepistas” hay mucho humor, pero creo que de todas tus novelas en ésta es donde hay más dosis de dramatismo.
Todas mis novelas intentan apelar a tres grandes reacciones: la risa, la pena más grande, y la emoción de pecho hinchado (orgullo, honor, amistad, dignidad, victoria…). Pero no estoy del todo de acuerdo en lo que dices: en las anteriores novelas había también una gran cantidad de cosas penosas y de dolor (como la caida de Pànic en el BUM, o la parálisis mental de Julián en El día que me vaya…). Sí tienes razón en que las cosas que dan pena en Rompepistas dan MUCHA más pena que en las novelas anteriores, y el sufrimiento, la decepción y la frustración están mejor expresadas. Pero, por otra parte, también las cosas que hacen reír hacen reír mucho más que en las anteriores. Imagino que eso quiere decir que Rompepistas es mejor que las otras en general. Cosa que es verdad.

-En “Rompepistas” hay cierta dosis de política, tal vez una idiología izquierdista de barra de bar, pero política al fin y al cabo.
Personalmente soy de extrema izquierda (para utilizar un término que implique que estás muchísimo más a la izquierda que el PSOE; que soy rojo, vamos, no socialdemócrata), pero me desagradan enormemente los sermones y los pesaos. Esto es herencia de los putos hippies del POSI que había en mi instituto, y que consiguieron con sus brasas filoestalinistas que me alejara de cualquier afiliación política concreta durante casi una década; detesto firmemente a ese tipo de santón izquierdista, casi tanto como detesto a los fascistas y neoliberales. Pero, obviamente, cosas de sentido común marxista se filtran en mis novelas: el clero es malo, el afán de lucro es pernicioso, el capitalismo no funciona y los polis son todos una pandilla de matarifes cerebro-de-chorlito. En cuanto a lo de que es una política “de barra de bar”, no me lo tomo de manera derogativa; soy de barra de bar. Tiene que notarse en algún lado, supongo.

-A través de la experiencia de Rompepistas y Carnaval en un colegio de curas, hay crítica feroz hacia la iglesia. ¿Tan mal te lo hicieron pasar?
A la gente de mi época aún nos zurraban con consistencia en EGB, en un colegio Salesiano. No hablo de los años 30 o los 50, sino finales de los 70 y principios de los 80; hace muy poco. Esto es algo que no quiero sobredramatizar, y nunca fue lo suficientemente trágico como para llegar a meterles una denuncia (es decir, que nadie se fue a casa con un brazo roto o sodomizado). Pero que quede claro que nos pegaban hostias grandiosas con los pretextos más absurdos, y que lo hacían por crueldad y porque no podíamos defendernos. Los que lo hacían eran adultos con nombres y apellidos (y familias), y a menudo me pregunto si recuerdan aquellas bofetadas salvajes y si tienen algún tipo de remordimiento.

-Hay un aspecto del lenguaje que utilizas que me parece genial. Y es que el tuyo es un castellano catalanizado con elementos como los participios acabados en “ao”. Algo que le da a tu prosa un aire mucho más realista.
Soy de Sant Boi. Mi sangre es catalana, mi cultura adoptada es inglesa y casi todos mis amigos (un 90%) eran hijos de inmigrantes extremeños. El aire realista de las voces de la novela funciona porque viví allí, y nosotros hablábamos así. Y me pone de bastante mal humor cuando a los escritores chilenos o peruanos o argentinos les dejan conservar el argot particular de sus naciones en las novelas, pero a la que incluyes catalanadas en una novela española todo el mundo se echa las manos a la cabeza. Me parece una conducta muy hipócrita. O sea, soy catalán: no soy armenio ni irlandés. Uso estas palabras porque son las mías. Digo guarradas porque nosotros las decíamos. Meto onomatopeyas porque esa es la manera en la que habla la gente. Ninguna de estas cosas son efectismos; es, simplemente, parte de la vida real y del hablar natural de la gente. Como yo hablo de gente (no de escritores malditos del siglo XVII, ni de científicos de la NASA), es lógico que mis personajes se expresen como lo hacen.

-¿Tan duro fue crecer en Sant Boi como das a entender en la novela?
No fue duro en términos históricos ni económicos: la revolución industrial en Sheffield, eso debió ser duro. La edad media, eso debió ser duro. La guerra civil española; eso debió ser duro. La miseria que nosotros vivimos era de otro tipo, mucho más espiritual. No te morías de hambre, pero sí de puto aburrimiento. Nadie te iba a pegar un tiro en una trinchera, pero por otra parte también te estaba negada cualquier experiencia heroica. Todos crecimos pensando que no existía ningún tipo de futuro; pero no era ésta una afirmación nihilista-guerrera, del estilo “Va a empezar la guerra nuclear”. Era más bien: “Nada hermoso va a pasarnos jamás”. Por eso empezamos a exprimir nuestras adolescencias de manera bárbara, plenamente conscientes de que era lo mejor que íbamos a ver nunca. En esto nos equivocamos; o al menos yo sí lo hice.

-Dura, pero a la vez curiosa. Como explicas en el libro, pocos pueblos pueden alardear de tener dos manicomios, un caldo de cultivo extraordinario de todo tipo de personajes.
Todas las anécdotas de los locos son reales, y mi madre era enfermera del pabellón femenino del manicomio. De hecho, en plena vorágine de mi época mod (1985-1990), mi madre nos traía a mi hermano y a mí sacos de ropa antigua que habían desechado los psiquiátricos. Es decir, que íbamos vestidos con ropa que no querían ni en el frenopático. La forma en que los santboianos hemos vivido la locura es una cosa tan natural que asusta; nunca suele sorprenderme cuando veo a gente haciendo el majara por la calle. He vivido siempre en un sitio donde un loco pequeñito vestido de shériff (con sombrerito Stetson, y estrella, y pistolitas) paraba el tráfico en los pasos de cebra. O sea…

-Hablemos del Kiko Amat escritor. ¿Cuándo empiezas a sentir la necesidad de escribir?
En 8º de EGB era el mejor de la clase haciendo narraciones, incluso empecé un par de novelas y gané el XXV Concurso Nacional de Redacción que patrocinaba Coca-Cola en los colegios. Gané una tele, y acabo de darme cuenta de que es la primera vez en mi vida que digo esto en una entrevista; extraño, porque tengo la noticia del periódico de 1985 enmarcada en mi despacho. Regalo de mi madre. Presentaban el festival Joaquim Maria Puyal y Urruti (que en paz descanse). Pero luego tuve que dedicarme al engorroso asunto de vivir y ganarme la vida, y dejé lo de escribir exclusivamente para mis consecutivos fanzines (que he ido publicando desde los 16). He aprendido a escribir en la prensa underground, hablando de mis discos favoritos y tratando de entender y explicar su contexto y valor. Eso es algo de lo que estoy muy orgulloso.

-No crees que la educación que se nos da en la escuela es poco estimulante. Si a los chavales de 15, 16 ó 17 años se les hiciera leer un libro como el tuyo, seguro que el índice de lectura entre los jóvenes aumentaría.
Creo que fue BS Johnson el que dijo que todos aquellos libros que le hicieron leer en el colegio habían pasado a través suyo como flatulencias, pero que sus adorados discos de 78rpm de jazz habían sido su verdadera educación, y se quedarían con él para siempre. Pienso lo mismo: he aprendido a pensar y me he hecho hombre a base de discos de música pop. Mi educación son los Jam, Specials, Brighton 64, Negativos, Kamenbert, Los Canguros, The Beat, Who, Tamla Motown, ska y reggae, northern soul, 2-Tone… Las cosas que me inspiraron a los diecisiete. Desde luego no fue la maldita Regenta (el libro que odio más del mundo), ni Pío Baroja, ni Mirall Trencat (sorry, Rodoreda; ¡recuerda que me lo hicieron leer a los 15!), ni ninguna de las novelas insoportables de otras eras que nos obligaron a leer en BUP. Yo buscaba algo que hablara de mí y de mis amigos, y no lo encontré en esos libros. En cuanto a lo de poner Rompepistas en los institutos, si puedo no ser nada modesto, creo que SI. Obviamente, los adolescentes se excitarian por la lectura mucho más con mi libro que con Los Pazos de Ulloa. Lo siento, vejetes y profesores abúlicos: esto es así. Por otra parte, no es sólo la escuela. Desde algunos medios y crítica se deja bien claro siempre que no se aceptarán a autores que no vengan del canon clásico: “you’re free to do what we tell you”, como diría Bill Hicks. O sea: puedes ser todo lo “moderno” y “joven” que quieras, pero a la hora de citar, mejor que cites referentes que entendamos: novela del XIX, poetas malditos franceses, generaciones castellanas de principios de siglo, americanos de más de 800 págs por libro. No se te ocurra mascullar que para ti los Jam o los Clash son infinitamente más importantes que Valle-Inclán, porque vas dado.

-En muchas ocasiones se te ha incluido dentro de los autores de la Generación Nocilla, algo que te causa urticaria tan sólo de oírlo.
Ya lo he dicho bastantes veces, pero lo repetiré porque siempre es gustoso meterse con ellos: la Generación Nocilla opera en las antípodas de lo que yo hago. Todo lo que NO me gusta de las novelas (posmodernismo, neutralidad, globalización, dispersión temática y narrativa estilo blog, ejercicios de estilo, toquecitos pop para darle rollito actual pero constante genuflexión ante los popes de la alta cultura…) es lo que ellos hacen. Me resulta incomprensible cómo en algún momento alguien ha podido emparejarnos; sólo nos une la edad. La única manera en la que podríamos estar juntos en alguna parte es en un duelo al amanecer. También es extraño que les llamen “escritores pop”, porque sus referencias son claramente clásicas, y a lo que aspiran es a entrar en el panteón de la literatura establecida y “seria”, y se pasan el día citando a Baudrillard. Jamás querrían ser considerados escritores pulp o de clase obrera, mientras que yo estaría perfectamente cómodo con ambas definiciones. En cualquier caso, todas las etiquetas que dejen claro que no soy un señor burgués de 50 años que se pasa el día citando a Kafka o Proust me están bien. Y todas las que puntualicen que tampoco soy un joven posmoderno ex-universitario, mejor aún.

-Tu referente gran referente local seria Casavella, ¿no?
Casavella no fue mi maestro, porque le leí muy tarde, post-BUM y cuando estaba a mitad de escribir Rompepistas. Pero cuando lo hice, me reconocí de inmediato en lo que él hacía. Con admiración, además, porque él era mucho mejor que yo. Recuerdo que, tras conocerle, un día le dije que le regalaba esta cita para su próxima novela: “Casavella es mucho mejor que yo, y eso me jode” Kiko Amat. A él le hizo mucha gracia, y me contestó que también me llevaba quince años de ventaja en esto, que no me preocupara. “Siempre seré mayor que tú”, me dijo, el jodido. En todo caso, aunque Casavella sí estaba obcecado en que las vacas sagradas de la literatura española le consideraran uno de los suyos, también es cierto que era 100% autodidacta, working class, y el único autor establecido en dos generaciones que se había atrevido a hablar de su barrio y entorno sin florituras ni mariconadas. El triunfo es una obra maestra, una novela capital de la segunda mitad del siglo XX; sólo alguien que hubiese vivido (como él) entre rumberos y gitanos podría haber escrito sobre ellos así. Ningún tipo de imaginación podría haber suplido el realismo de primera mano de Casavella en su debut.

-¿Qué otros escritores españoles recomendarías?
Pablo Rivero es un autor joven (ejem, de mi edad, al menos) de Gijón que ha escrito dos novelas alucinantes para una editorial local, Trea. Su debut, La balada del pitbull, es decididamente prima hermana de Rompepistas, y yo soy muy fan; estoy luchando fieramente para que alguien la reedite y se pueda leer en toda españa. Carlos Herrero, de Madrid, escribió también un libro brutal, Prosperidad, hace un par de años; pura literatura de fregadero, muy real y honesta y cruda. Estos dos son mis libros favoritos de aquí de los últimos cinco años.

-¿Extranjeros?
John Fante siempre, Bukowski también, el grandioso Alan Sillitoe (La soledad del corredor de fondo), Nelson Algren (A walk on the wild side), Ken Kesey (Sometimes a great notion), Terry Southern, Nik Cohn (I am the greatest says Johnny Angelo), BS Johnson, Kenneth Patchen (Memories of a shy pornographer), Jim Dodge, Edward Limonov (It’s me, Eddie), el The fuck-up de Arthur Nersesian, Night and the city de Gerald Kersh, S.E. Hinton (gran influencia en Rompepistas), Richard Brautigan (gran influencia en El día que me vaya…), algunos beats, Joseph Heller (el de Something Happened, sobre todo, aunque Trampa 22 también me encanta), el Young man with a horn de Dorothy Baker, Look back in anger de John Osborne, Billy Liar de Keith Waterhouse, Lucky Jim de Kingsley Amis, la trilogía londinense de Colin McInnes, Barbazul de Vonnegut, el grandísimo Harry Crews, Richard Fariña, Wolf Mankowitz, Tom Spanbauer (el de Ahora es el momento)… De ahora mismo me gustan Ben Richards, Tibor Fischer, John King (Human punk), el primer Irvine Welsh, Alan Warner (Morvern Callar), Stewart Home, Sam Lipsyte (Hogar dulce hogar es el libro más divertido que he leido en mucho tiempo), George Saunders, David Sedaris y, aunque no me influencia lo más mínimo, suelo leerme todo lo que saca Jonathan Coe; teje grandes historias.

-Rompepistas tiene todos los ingredientes para acabar siendo una película.
Me he leído mil veces las conversaciones con Nelson Algren, y su relación con Hollywood le destrozó media vida. O mira lo que han hecho con los cómics de Alan Moore: basura. V de Vendetta, quizás la mejor novela gráfica de la historia, puro material de rebelión, compasión y anarquismo, acabó convertida en una especie de bobada socialdemócrata solo-para-yankis-y-niñatas. En todo esto aplico mi única experiencia con una revista de moda muy famosa que propuso representar una escena de Rompepistas con un par de actores españoles (y yo de fondo, en plan master of puppets). Cuando llegué al set y ví lo que habían hecho -esencialmente, ridiculizar mi historia, no entender nada, vestir ridículamente a un par de supermodels con cerebro de termita (la chica, supuestamente Clareana, iba de miembro de Bananarama + Toyah) y (lo que es peor) usarla como vehículo para vender un par de pantalones- me largué del set indignado, y el fotoshut no pudo hacerse. Ja, ja (risa de supervillano). Yo cojo esta experiencia, la multiplico por 1000, y tengo lo que me pasaría si se adaptara Rompepistas al cine. Una fantochada que me impediría volverme a mirar al espejo nunca más. Y que haría que mis amigos me buscaran para matarme.

-Una vez finalizada la trilogía, ¿cuál va a ser tu siguiente paso?
Cuarentones muy patéticos con sus locos cacharros. Tíos maduros completamente incapacitados para vivir amigablemente con la tecnología. Ex-Niños arrugados y achacosos que se encaminan ridículamente al abismo. Gente dañada que no acaba de entender como ha llegado hasta donde está. Hombres perdidos de 39 años que intentan entender dónde se torció todo.

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